Enrique Vazquez Oria

Día 3. Úbeda. Caminos mudos hacia el alma…

No ha sido nada fácil. Pueden creerlo. Levanté todavía de noche, aún con el murmullo del viento recorriendo la montaña y las palomas dormitando en lo alto de la torre que se divisa desde mi ventana. Como las posadas de los cuentos, apenas sin lumbre en la calle, tuve que hacer por despertar al conserje para entregar la llave y partir con todo dispuesto. Poco antes, desde la almena del abergue, mirando hacia el monte, ya me había despedido de la sierra, a la vez que me enfundaba el polar y me abrochaba la mochila.

Mezcla de sentimientos mientras comenzaba mi andadura, y todos embotando mi pulso. Miedo a la senda, a los peligros, al cielo gris que auguraba tormenta, al valor de mis piernas y al coraje de mi corazón. Ilusión al mismo tiempo, por ver amanecer con cada paso, por disfrutar de horizontes especiales, silencios mágicos y sonidos bellos. Y ternura, mucha ternura, por las personas y las calles de Cazorla, un pueblo del que me iba alejando a cada paso, pero que ya formará parte de mis recuerdos a través de los años. Así discurrió la senda, con mi sentidos disfrutando de cada instante como el último, respirando tierra y olivo, entre zarzales y vereas de otro tiempo. Al poco, el Sol entonaba en el horizonte el milagro de un nuevo día, iluminando a lo lejos San Miguel, con sus casas pequeñas, apagando las pocas luces de farolas huérfanas en el centro de la nada. Y yo en medio de todo, rememorando historias que leí de caballeros y letanías, poemas de otra época que trataban viajes imposibles a caballo y carruaje, al son de alforjas y hermosa valentía…

Y el cielo, allí mismo, dictó sentencia. Las nubes de tornaron bajas y la lluvia, al momento, empapó mi chubasquero, anegando cunetas y riachuelos. Y así hasta Úbeda, tierra fertil y verde tras el cerro, con las murallas vigilando aún vestigios de otro siglo donde el miedo y la falta de libertad gobernaba. Al final, menos fatiga de lo temido, aunque no debiera desconfiar, pues aún queda mucho trecho y mil aventuras que no quiero perderme. Valió la pena tanta caminata, comprobar in situ joyas del Renacimiento, puertas mudéjares, frescos en la misma calle ubetense. Mereció el esfuerzo realizado, aunque sólo fuera por descansar en la plaza Vázquez de Molina, con la campiña de fondo, y terminar recitando versos de andaluces que antaño cruzaron por esta tierra y abrazaron la mejor de las melodías dedicadas al viento, que no es otra que la grandeza muda de un camino que, más que nunca, parece dirigirme al centro de mi propia alma…

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