Volver de la Atlántida…

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Vuelvo a las letras, como el capitán que atracó en puerto hace semanas y vuelve a su velero dispuesto a navegar los mil mares que se pongan por delante. Vuelves torpe, descuidado, despistado con los cabos y resbalando en la cubierta. Olvidando la forma perfecta de izar una vela o cazar el viento, sintiéndote grumete donde una vez fuiste almirante. Pero vuelves, con todas las ganas, eso puedo jurarlo, denme tiempo a que mi nave vuele de nuevo, que será pronto.En mi bitácora apuntaré que estuve unos días en Indonesia, llenándome de historias, sumergido en sus colores, en cientos de sonrisas que habitaban en cada esquina, aprendiendo la forma correcta de vivir, una más, de una gente que parece serena. En este tiempo observé cada gesto, buscando la clave de esa existencia tranquila, pensando en su manera de entender la vida y el secreto de la paz que atesoraban. Esa forma genial de parar el tiempo en cada movimiento, como si no hubiera nada más. Artesanos, humildes, agradecidos, ante su deidad y quienes aparezcan cerca.

Así estuve durante días, como un niño, descubriendo los sabores de una tierra nueva, los olores de un aire distinto, de amaneceres tan interminables como efímeros que se clavaban en el centro de tu propia alma. Probando el tacto de seres de luz que no ahorraban en sonrisas. Ensimismado con su fe, con esa actitud sincera y sin miedos, convencidos de que el cambio es una bendición del destino, fuera del signo que fuera. Sin entender separación entre humano y naturaleza. Un todo junto sin agresión al regalo de respirar, de sentir, de amar, sin quejas ni venganza, sin vergüenza ni temores.

Trabajando con las manos, el barro, la piedra, la madera, artistas sin reconocimiento, porque no lo necesitan, ni eso ni mucho, quizás la clave de su ejemplo. Naturales sin espanto de una ternura envidiable, con sus animales, con sus gentes, con el huerto, con su arte. No entienden la prisa, ni saben de bienes, ni conocen demasiado la ira. Expertos en respirar, en un paso ahora, después otro más, en cerrar los ojos, dejarse llevar, fluir con los días y meditar en las mañanas. Sin más religión que la espiritualidad, ni más ley estricta excepto la bondad.

A mí déjame allí, en ese lugar sin críticas, con tanta verdad. En el lugar de vivir ahora, pero no intensamente, ese es un error nuestro, sino extensamente, ese sí, quedándonos en el aquí con honestidad y sin esperar demasiado. Que ahí está nuestro error, pensé. Que mezclamos habitar el presente con ser egoístas y la fiesta, el éxito con tener cosas, y la felicidad con llegar donde quieres. Nos equivocamos si necesitamos añadir sustancias a la alegría, el alcohol, el tabaco, las comilonas, el derroche. Nos equivocamos si no dejamos de mirar tanto fuera, que dentro están todas las respuestas, aunque cueste observarse. Saber perdonar, que te hace libre. Mejorar al vecino como forma de mejorarte a ti, entendiendo con compasión y haciendo siempre con esfuerzo. Que lo fácil no es ilusionante ni merece la pena tanto, y eso sé que lo sabes.

Y así volví, con el zurrón lleno de historias, navegando, ahora sí, a toda vela, sin ya ver tierra, dispuesto a enfrentarme al vasto océano, con la experiencia de saber que existe la Atlántida de los corazones, y que siempre podré volver a recostarme en sus playas con sus gentes. Esa Atlántida perfecta llamada Indonesia…

1 Comentario

  1. Alberto

    Los buenos y grandes capitanes como tú navegan con calma contra todas las adversidades.

    Felicidades por ese viaje!

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