La peor de las Guerras….

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Es la guerra. Frente al enemigo despiadado, de rostro lleno de odio, los ojos ensangrentados de ira, la piel gastada de soles de otras batallas, cicatrices por doquier y la ropa hecha girones. Su bandera, la del terror, negra como el pasado y oscura como el futuro que te pretende. Allá va su ejército, asomando tu horizonte, haciendo ruido que se engancha a tus huesos y que hace temblar tu conciencia. Allá van, cabalgando al galope, caballeros sin serlo de tus vergüenzas, de tus horrores, con fe desmedida en su segura victoria. Y sus generales, estrategas, ávidos sobre el terreno, pues siempre ganaron las afrentas, por los siglos de los siglos. Lanceros culpables, artilleros de la suerte, infantes del agotamiento. Soldados que disparan tus ganas, apuntando hasta que mueras.

La guerra del miedo, sin igual. Pero tú estás enfrente. Desnudo, sin más ejército que el coraje de tu presente. Con el orgullo cubriendo los flancos y la bandera de los sueños ondeando en la vanguardia. Tras de ti, vigilantes de tu hazaña, los dioses de la vida, las musas de la poesía, los versos por amor. Tus flechas valientes, el fuego de tu alma y el silencio de lo sereno. Contigo la amistad, las noches en vela y las carcajadas de madrugada. La pasión, el compromiso, la bondad, la experiencia. Guerreros pacíficos que acompañan tu gesta, creyentes de lo imposible, por descompensada que fuese la afrenta.

Comienza la ofensiva del enemigo. Los esperamos. Dando abrazos a la rabia y besos a la ira. Respondiendo a la cordura con locura y a temeridad con prudencia. Clavando sonrisas en sus insolencias y poemas en sus insultos. Siendo cuando esperan que desertes, estando cuando esperan que seas, respirando cuando hacen por ahogarte. Un golpe más de la esperanza a la certeza. Y la emoción sumiendo el pensamiento. Y la alegría convenciendo a la tristeza. Ganando ya para entonces, en un campo desangrado, plagado de existencia.

Huyen. Huyen para esconderse en ti, al fin. Deja que se marchen, se han rendido. Han vuelto a su escondrijo. A lamerse sus heridas, inesperadas, y a explicarse su primera derrota. Se escabulle en tu olvido, por ahora, aguardando que transites despistado, para plantarse de nuevo justo enfrente, en pie de guerra. Es tu inconsciente, con su culpa, con sus miedos, con su lógica, que es tu sombra. El enemigo que pone en chino los designios de tu suerte. Y tú te quedas aquí, para siempre, perdonando la manera de tu adversario, que eres tú, para reconciliarte al final de todas las cosas contigo…

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