El Gusto es Mío…

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Les contaré un secreto. Cuando acababa el día y todos se iban, apagaba las luces de mi despacho y dejaba que entrara únicamente el reflejo de la Torre por mi ventana. Me quedaba así muy quieto un rato, rememorando las conversaciones, los sentimientos, las emociones de ese día. Me quedaba escuchando de nuevo esas verdades tiernas de quien le duele el alma, un eco que permanecía entre mis cuatro paredes y que resonaba con fuerza cuando ya no había nadie en el sillón de mi consulta. No anotaba nada en ese momento. Tan sólo utilizaba el tiempo para deleitarme con la vista y a imaginarme la manera de dar con la clave, a encontrar la pieza que no tenía del puzle, como si aún no se hubieran ido y tuviera que darles respuesta. A veces pasaban minutos hasta que me marchaba, a veces horas, las que fueran necesarias, pero algo me faltaba cuando me iba, ahora sé lo que era.

Tantas historias de duelo, de pasión, de dolor, de amor. Sonrisas que terminan en llanto para volver a la carcajada, como si nada. Ejemplos de seres de verdad, imperfectos, como la vida, que aceptan la existencia como un tránsito divino lleno de pequeños tropiezos. Aventuras incontables y secretos imposibles, como esas tentaciones que nunca reconocemos. Miedos, vergüenzas, temores que ya no caben en un cuerpo que acaba explotando. Miradas que duran años en la mía, y que jamás se irán en algunos casos, por los siglos de los siglos.

He llegado a la conclusión de que no es tanto cuestión de técnicas, sino de empatía. No se trata de orientar, sino de acompañar. No es sólo la tarea que mando para casa, sino la sensación de que sigo estando allí, con ellos, aunque estén en sus vidas. Ser compañeros de un viaje fascinante del que aún quiero enamorarme si me dejan.

Todo lo demás queda atrás. La ciencia, útil, por supuesto, pero a veces insuficiente, por muchos que mis colegas no lo reconozcan. La burocracia, aburrida, que te quita las ganas de abrir la puerta cada mañana, hasta que recibes la primera historia y eso queda en nada. El cansancio, que agota, sí, señal de que haces por vaciarte. El esfuerzo, seguro, pero que cobra sentido con un simple agradecimiento. Las horas de estudio, los libros leídos, las experiencias, los silencios…

Por eso hablo en pasado cuando digo que dedicaba ese último ratito a pensar en ellos. Porque no es cierto. En realidad no era por ellos, sino por mi. Y ahora, que lo sigo haciendo, quizás más, ya sabiendo el propósito real de ese instante, llego a lugares dentro que me conecta mejor aún con esos héroes. Ese reconocerme humano, con las mismas bondades y maldades de quien allí se sienta, me aleja del disfraz de psicólogo, para vestirme con sus mismas pieles, para sentirlos más, si cabe. Y que da igual el lado de la mesa en el que nos sentemos, eso es lo de menos, que lo increíble es aquello que ocurre justamente en medio, y eso no sólo sana a una de las partes, pues hace tiempo que no me daba cuenta que ellos también me estaban curando a mi, y que el verdadero agradecimiento es mío por que se atrevan a ponerse enfrente de sí mismos…

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2 Comentarios

  1. Vicente Alcantara

    Maravilloso, no se podía describir mejor. Mil gracias, es gusto ha sido mío.

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  2. Anónimo

    Tu si q eres un heroe por tantas muestras. ..no tengo el placer de conocerte en consulta pero si el placer de haber asistido a un sicólogo y de las veces q me dijo yo también aprendo de ti ….me quedo con eso y con lo q humanamente compartis

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