Ese Recuerdo Imborrable…

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No podrán, puedo jurarlo. No podrán conmigo los que piensan que imposible es probable. No podrán los conformistas, los que tienen miedo, los descreídos y los resignados. No pararé a pesar de que el tiempo arrugue mis ganas y me encuentre la pereza. No pararé aunque el sueño me invada de pesadillas y la madrugada de tristeza. Aunque el hambre me retuerza las tripas y la vergüenza paralice mis pasos. No habrá ser que calme mis ansias de vida, ni voz que calle la verdad de mi existencia. No habrá susurro en mi cabeza que me duerma, ni daño que escueza tanto como para abandonar el camino.

Lo tienen claro los orgullosos sin modestia, los que se aprovechan de la debilidad, los que enjuician sin reservas. Los infelices que revientan poesías, los que se ríen de la prosa y pretenden silenciarte. Lo tienen crudo los ejecutores de un sistema enfermo que premia la rutina con títulos en tu juventud y a la vejez con arrepentimiento. Los que enseñan conocimientos, olvidándose de la pasión, pues el mejor saber es el entusiasmo. Es la guerra de antemano perdida de los que no respetan, los desagradecidos, los sinceros que dicen ser auténticos. Los profetas de tu mal futuro, los que hablan de suerte y los que sufren de conciencia.

Una batalla declarada por los que pisamos la senda, los decididos, los tunantes que te enamoran y los que aspiramos a ser humanos. Los guerreros del amor contra el odio, de los que actúan, sin reaccionar, de los que construyen, sin olvidar, de los que abrazan, sin pretender cambiar a nadie. La cruzada de los versos contra la intolerancia, del riesgo contra la desesperanza y de la unión contra las fronteras. Los artistas del humor contra el odio, de los besos con los ojos cerrados y de atrevernos, con la cobardía en el exilio.

No podrán, lo prometo, conmigo y con mi legión de samuráis. Con esos miles ya, cada vez más, que decidieron reescribir su destino, poco a poco, gesto a gesto, como se hacen las grandes obras. Esos locos que eligen, que perdonan, que persiguen sus anhelos, que se entregan. Esos cuerdos que prefieren dejar de serlo y aceptar lo que venga con descaro. Que hacen del presente su casa y de la muerte una anécdota de sus vidas increíbles. Esos con honor, sencillos, honrados, distintos, capaces. Amigos para siempre a los que tengo, aunque no estén cerca, en el mejor de los sitios de mi alma, recuerdos geniales de un ejemplo imborrable…

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