Ese Loco Cuerdo…

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No era yo sin ser, ni era yo aunque estuviera. No era verso sin fe, sólo mi mirada, la que no se ve. No sé si es mi victoria, pero sí mi historia, mis palabras calladas, los mil besos que negué. No fue belleza, sino momentos. La locura y mi ternura, no el recuerdo, los instantes. Fue el aroma, no lo olvido, ese no saber qué en mi memoria. Ese presente, sí, ese soñarme, desde luego, permanece aún, a pesar de haberse ido. Fue emoción, no mi lógica, ni rebeldía, pasión, eso y océanos de ser agradecido. Fue tentación, ese existir aunque muera y resultar que empiezas a vivir de nuevo.

El coraje de volver sin excusas, abrazando motivos, huyendo las dudas. Persistir en la insistencia, luchando imposibles, supuestos equivocados, los límites del tiempo. Sonreír con descaro a la sombra de los miedos, cantar del pasado un camino, del futuro un destino y del hoy un regalo. Pensar en sentir y sentir sin pensarlo. Hacer y decidir, sabiendo elegir, aún estando equivocado. Llenar el alma de vida, estar conmigo, agarrar el silencio, descubrir infinito, helar los infiernos, imaginar que ocurre.

Remar las olas con brío, mojarme de tormentas y quemarme de atardeceres. Madrugar antes que el mundo, ser el Sol, las estrellas, el cielo, y comenzar a dar luz a todo. Es la paradoja que tracé con mis actos, el dicho que jamás se dijo, el poema que dibujé con cada ansia, y ese lamento que dobla la esquina y desaparece. Romper con todo y que aún me sobre. Quedarme con nada y que no me falte. Un sabor sin bocado y aún así parecer delicia. Aunque navegar me mate, izar las velas y que el viento mande mi rumbo, y que el mar me lleve.

Perdonar mis pecados, pisar el fango, hacer de levantarme un oficio, quedarme para siempre. Conocerme rendido y saberme humano. Los días quieto sin honor, la vergüenza, la culpa, el mal humor. Perderme para encontrarme, sin ni siquiera haberlo sospechado.

Y no soy mejor sino distinto, ni soy genial, sino persona. Y no soy débil, pero frágil, pues fue una guerra dura, aún sin banderas, sin venganza, con cariño. Fue la espada de lo honesto clavada en la tierra del terror, y que el temor ante ti se arrastre. Ese inventarse el aire y respirarlo, y que rebose hasta llenarte. Dar un paso, y después otro, alguno más, los que hagan falta, y no parar hasta abrazarte. Amanecer tus tinieblas con improbables y ser tú, al fin, el mejor de los artistas de tu arte. Eso es amor, amigo. Amor del bueno de aquel, ese que ahora firma, hacia uno mismo, el de ese loco cuerdo que el día menos pensado hizo por salvarse…

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