Tan Humano como Divino…

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Es una costumbre humana el negar emociones que pertenecen a nuestra propia naturaleza. Desde que nacemos nos dicen lo que se puede y lo que no, lo que se debe y lo políticamente incorrecto. No decir ciertas cosas que sientes, por ser maleducadas, ni expresar pensamientos por tildarlos de aberrantes. Pero no se marchan, por más que queramos, pues ser humanos implica que nuestra mente nos haga trucos para amedrentarnos y tenernos esclavizados con las supuestas reglas que aprendimos desde pequeños. Y así crecemos, sorteando sensaciones, pretendiendo vestirnos de personas sin fisuras, aún cuando sabemos que el crecimiento llega de la aceptación no conformista. Y al engañarnos abrimos la brecha entre lo que somos y lo que mostramos, y en medio queda una vacío del que se hace difícil salir indemne.

Ocurre cuando deseamos lo prohibido, que lo negamos, aunque inconscientemente el daño de hacerlo sea mayor que gestionarlo con humanidad humilde. Ocurre cuando envidiamos, cuando sentimos pereza, cuando no pedimos ayuda y no dejamos que nadie entre en nuestro pozo. Pasa cuando nos invade la vergüenza, la ira, la culpa y la tristeza. Inevitablemente. Sin embargo, intentamos distraernos y pasar a otra cosa, por si los fantasmas fueran a desaparecer como si nada, pero es mentira. Siguen ahí, y lo sabes, y es por eso que, contra más haces por escapar de ellos, más fuertes se vienen a tu presente.

Todos tenemos nuestros diablos. Todos, en mayor o menor medida, conocemos los fondos del desengaño, de la ansiedad, de los miedos y del pensamiento negativo. Porque no se elige tenerlo o no, ni siquiera que desaparezcan para siempre. Permanecen para recordarte que la vida es aquella batalla constante que ocurre dentro de tu cabeza, no fuera de ella, y es ahí donde tienes que defenderte con uñas y dientes, hasta lo imposible.

Si lo haces, te estarás haciendo el mayor favor imaginable. No conozco nadie feliz que no haya ganado esa guerra. La guerra del reconocimiento, del autoconocimiento, de la aceptación y la responsabilidad. Sabernos capaces de elegir las conductas que hagan falta, a pesar de lo que te diga la cabeza. Romper expectativas para elegir quien quieres ser, independientemente de la educación que hayas tenido, de la sociedad en la que hayas crecido y las circunstancias que hayas pasado. Escucharte, al fin y al cabo, y empezar después a hablar por ti mismo, esta vez libre, aunque el camino que elijas termine siendo el equivocado. Pero habrá sido tu equivocación, y ya eso es suficiente para salvarse.

La cabeza, esa herramienta genial, la más potente del universo, capaz de matarte, a veces, pero frágil cuando dejas de creerte sus trucos y empiezas a decidir tu manera de enfrentar el mundo. Y débil, vaya si es débil, cuando miramos a los ojos de nuestros propios fantasmas, de los miedos más profundos, y declaramos la guerra con actitud y unas gotas de cierto entusiasmo. El premio, ser humanos, como condición, y no sólo como descripción, y no creo mejor recompensa posible. Eso y el orgullo de ganarte tu propia vida por no haberte rendido ante ella…

Mañana hablaremos sobre todo eso en Canal Sur Radio, en Aquí Estamos, con Rafa Cremades. Esos deseos inconfesables, esos trucos de la mente…

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