Ese Veneno Perfecto…

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Es un virus que se extiende. Una bacteria que se transmite ante aquel que la toca. Una droga de la que terminas siendo adicto. Cuando lo conoces, cuando lo pruebas, los colores se hacen vivos, te relaja el sentido, te hace estar sereno y te pone en la cara una sonrisa. Nunca te sacia, y, contra más pruebas su veneno, más te gusta, notando que desde el primer sorbo ya estás perdido. Cuando entra en tu organismo se desarrolla fulminante, antes de lo que piensas, hasta llegar al corazón, y ahí te quedas sin escapatoria.

Por más que quieras, nadie le escapa, y si huyes te busca. Por más que te escondas, te encuentra. No tiene más tratamiento que soportarlo, y jamás se cura. Ni vacunas, ni el tiempo, ni perdona cuando te agarra. Una sustancia que mueve el mundo, que te da el infierno, pero también el cielo. Y que te hace creerte dios, o bien mendigo, según la voluntad del destino y la suerte del momento.

No atiende a razones, sino a suspiros. No da treguas, ni plazos, qué más quisiera. No se piensa pero se siente. No se toca pero se nota. No te mata pero te mueres. Y sin rozarte te hiere, y te provoca, y te tienta, y te exige, y te quiere. Huele a capricho, a aromas de primavera, y escribe versos a deshoras. Grita en tu silencio, te levanta en la pereza, y es artista de las más bellas obras.

Y duele, vaya si duele. Tanto que retuerce tu alma hasta exprimirla. Tan poderoso, tan extraño, tan generoso como desordenado, tan humilde como orgulloso. Puede ser altivo pero se desmorona, cruel pero sincero, pasional como educado. Puede ser tan animal como humano, y no hay cuerpo que se le resista.

Eterno pero termina, y se transforma, y agoniza, y te renace. Y existe para que respires, pero te ahoga. Y juegas con él para encontrarte, y te pierdes. Y te resistes, pero te insiste. Y vuelas cuando viene y te entierra cuando marcha. Y mueve el universo, desde luego que lo mueve, y hasta manda ejemplos que son recuerdos de su presencia.

El amor es todo eso. La esencia de lo nuestro, el secreto más perfecto, la emoción razonable de aquellos que deciden vivir enamorándose del supuesto pecado de ser uno mismo. Amor, ese veneno tan humano, la esperanza última de los que aún confiamos en una humanidad errante que habita despistada consumiendo otras drogas que no nos llevan, ni de lejos, a ser tan geniales como cuando elegimos emborracharnos de amor intenso a cada instante…

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