Marchar y Nacer de Nuevo…

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La vida es eso. Un día nacemos, rodeados de amor y cariño, con un llanto que desgarra la incertidumbre de los que te esperan. Venimos sin miedos, dispuestos a descubrir desde cero un mundo que nos da la bienvenida. No hay ira, ni posesión, ni celos ni vergüenza. Tan solo el presente y tú, desnudo, indefenso, pero sin temor a lo que venga.

Crecemos. Nos dicen lo que sí y lo que no, lo que se puede y lo que se debe. Y vamos andando el camino que nos dicen, creyendo que sólo el nuestro es el acertado. Y mientras, aún jóvenes, nos sentimos invencibles, poderosos, inmortales, decididos a dar la vuelta a todo, por más que cueste.

Y llega enamorarse. Y entonces los esquemas cambian, los versos cobran sentido, la Luna se hace compañera y las estrellas un mar de sensaciones. Y escribes, y vuelas, y te conoces débil, áspero, frágil, emocional, sensible, orgulloso. Y conoces el valor de la amistad, los abrazos de despedida, el verte perdido y luchar desde cero.

Y eres adulto, ser responsables, las canas, los errores y las metas. Las decepciones y el coraje de salir adelante, el recuerdo de juventud y los sueños del futuro. Y así pasan los años, haciendo la guerra con cicatrices que te enseñan, perdonando el pasado para acertar con tu destino.

Y después los hijos, mirar por ellos, ver pasar el tiempo, la melancolía de otras épocas, el aroma del recuerdo, la nostalgia de tu infancia, contar por cientos tus secretos. Y queda la tierra que pisas, con piel más arrugada pero el corazón más sereno. Agradecido, con el alma entregada a los tuyos, sin olvidarte de ti primero.

Y así pasa todo, las semanas, los lustros, los siglos. Y después silencio. Se va tu cuerpo y dejas tus actos, tus letras y tu ejemplo. Partes dejando las sonrisas, las enseñanzas y los gestos. Quedándote de otra manera, quizás el alma en aquellos que te conocieron y el favor de esos que no lo hicieron, por esa influencia infinita de todas las personas que permanecen conectadas. Ese milagro genial y divino de imaginar que nuestra actitud pudiera mejorar a gente que ni tuviste el placer haber conocido. Y entonces quedas en paz, soñando que te vas habiendo mejorado, al menos en algo, este magnífico universo.

Y nadie lo sabe, pero quizás, tan sólo quizás, la recompensa a toda una existencia de buen esfuerzo consista en cruzar esa puerta, esa última puerta, y volver a nacer. Volver a nacer, esta vez sin llanto, y abrazarnos, abrazarnos hasta amarnos, ésta vez todos, de nuevo. Y es que no creo mejor forma de ser eternos que dando vida a los demás, empezando hoy, por qué no, y terminando, Dios mediante, el buen día que nos marchemos…

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1 Comentario

  1. Raquel

    Precioso.

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