Lo Que depende de ti…

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No sólo eres tú. Son todos los demás que tienes cerca y los que tienes lejos. Piensa en tu pareja, en la forma que la transforma un mal gesto tuyo. La manera en la que marcha a la cama triste. Observa el mal cuerpo con el que se levanta y va a su trabajo. Dile que te cuente las palabras que le dedicó a sus compañeros, lo mal que le sentó el desayuno y la desgana de ese día. Imagina ese camarero dando los buenos días sin recibir un saludo por respuesta, la sensación con la que marcha a cocina y la frustración de quien anima al que no lo agradece al menos. Hasta que llega el mensajero a dejar los periódicos y ni siquiera le sonríe, pensando aún en el desaire de la cliente. Un mensajero que camina hacia el siguiente negocio, cargado de papeles, maldiciendo su sensación de ser invisible a los ojos de quienes reciben sus mensajes cada día. Es por eso que tarda y sus pasos se enlentecen, mirando al suelo, buscando respuestas, y al poco tropieza con un señor que va a comprar el pan a media mañana. Un señor con achaques en la espalda, y que, tras el leve golpe, se resiente de ello y decide acudir a su médico de cabecera aprovechando el paseo, que además es amigo y tiene ganas de visitarlo. Quiso la casualidad que ese médico no estuviera de servicio y lo atendiera una amable doctora joven que le dio un diagnóstico equivocado, dejando en nuestro señor un poso de enorme intranquilidad en todo aquel el santo día.

Y claro, vino el hijo a verlo, allí sentado en su sillón, rumiando las escasas posibilidades ante una existencia postrado en la cama por su dolencia. Y ante la desazón, y con poco alimento en el cuerpo, no tuvo la suficiente empatía para entender que el hijo venía con dudas acerca de su vida, del camino laboral que había elegido, y terminó marchando por la puerta sin una voz paternal que curara sus dudas o lo tranquilizara. Y así llegó a casa, sin certeza alguna sobre lo que hacer ni decidir, quizás ante la posibilidad, pongamos, de trabajar en el extranjero y tener que decidirlo en cuestión de horas. Y tal que así, al alba, tras muchas vueltas, decide vivir una aventura lejos, probar suerte en otras tierras y cruzar el charco buscando otro futuro. Y es en el vuelo que se sienta al lado de una mujer de la que se enamora, como esos flechazos, con la que termina formando una familia, separándose al tiempo, ya instalado en un país extraño, sólo, sin poder haberse despedido con los años de un padre que se olvidó de aquel tropiezo con el mensajero, sin saber de la existencia de ese camarero, ni de la mujer que no fue agradecida, ni de mi. Aunque si me conociera, bien se acordaría de la madre que me parió, con razón, por esa discusión desairada de aquella funesta noche en la que no me di cuenta de todo lo que podía depender de mi en este laberinto de vida que depende tanto de nosotros…

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