Nuestro Homenaje…

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Y ustedes se preguntarán la manera de consolar a las víctimas de un accidente aéreo como el de ayer. Y buscarán aún así una respuesta que les convenza, pero no la tengo. Las casualidades de la vida quisieron que hace siete años estuviera veraneando en Gran Canaria, teniendo que coger un vuelo de vuelta el 20 de Agosto. A punto de dirigirme al aeropuerto para tomar el avión ocurrió la tragedia. Un vuelo de Spanair con salida en Madrid y con destino en Gran Canaria se estrellaba poco después del despegue. Las noticias al principio eran confusas. No se sabía el alcance del accidente, pero se suponía grave. Estando en el aeropuerto, y siendo psicólogo formado para catástrofes de éste tipo, acudí al centro de control para aportar mi ayuda ante lo que pudiera pasar. Aún no había llegado ningún familiar a esa sala donde la información llegaba con cuentagotas. Iban viniendo con la cara desencajada y el susto en el cuerpo, imaginen el panorama.

Poco a poco iban llegando las noticias de víctimas mortales, los medios se iban agolpando en la puerta de la sala y las autoridades iban comunicando la situación, provocando situaciones durísimas y dramáticas en aquel lugar. De repente, de estar a punto de volver a casa, me vi rodeado de familiares de víctimas de un accidente del que se sabía poco o nada. Padres de hijos que volvían de vacaciones, hermanos, hijos, amigos de afectados…

Y yo allí, con un chaleco que decía psicólogo en la espalda, aprendiendo más sobre el sufrimiento humano inmediato y la incertidumbre que en todos los años que estuve en la facultad. Intentando mantener la calma y realizar mi trabajo en un clima de desesperación como nunca antes, ni después, he vivido. Sin más pretensión que servir de apoyo ante las noticias que se nos daban y haciendo que no perdieran la conciencia sobre lo que allí estaba ocurriendo y se desvanecieran.

No hay consuelo posible. Tan sólo aceptar una realidad dura que puede servirnos como ejemplo de una vida que golpea cuando menos lo esperas. Que te enseña a valorar las cosas cuando empiezas a perderlas. Que nos exige sentirnos afortunados por vivir un presente que muchas veces queremos evitar por cualquier circunstancia aparentemente negativa. Aprender a relativizar las cosas, a pensar que no merece la pena dedicar más de cinco minutos a estar mal, a hundirnos en una supuesta miseria que es mentira, porque podría ser siempre muchísimo peor. Que tenemos la ocasión de ver una oportunidad donde parece que existe un problema.

Hace no demasiado me llamó uno de esos familiares para decirme que había rehecho su vida, que era feliz, que aquel suceso le sirvió para valorar aún más su existencia, entender que estamos aquí dos días y que la vida es demasiado corta para no hacer cosas verdaderamente fascinantes. El mejor regalo de aquellos que parten antes de tiempo, hacernos sentir responsables de hacer que, al otro lado, quizás, estén orgullosos de los pasos que vamos eligiendo. Puede que sea el gran homenaje que esperan al observarnos desde el otro barrio. Descansen en paz…

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