Quiero Merecerlo…

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Se fue como se va el aroma de primavera, despacio. Ha marchado esta misma mañana, en silencio, rodeado de los suyos, aceptando su corta vida como un regalo del destino, y no como un castigo divino del cielo. Se cansó de esperar un tratamiento, de luchar contra una enfermedad y de agarrarse a pequeñas posibilidades. Se hartó de promesas, de suplicarle a su Dios y de esquivar a la muerte. Hace un tiempo que dejó de centrarse en él para pensar en los demás, y fue entonces cuando encontró la serenidad suficiente para irse en armonía consigo mismo.

Manuel tenía su cáncer extendido por todo su cuerpo desde hace tiempo. Durante una época, tras recibir la noticia, se afanó en buscar soluciones para seguir existiendo, como sus padres, David y Dolores, gente especial a los que la vida les ha puesto a prueba. Buscaron la forma de ganarle la partida a la enfermedad, hasta que entendieron que era una batalla perdida de antemano y dedicaron sus esfuerzos a vivir de la mejor manera para hacer que Manuel se fuera sereno.
Fue entonces cuando los conocí. Se presentaron un día en mi consulta, con el corazón encogido y el alma herida, tratando de entender una pesadilla que no puede explicarse con palabras. Los acompañé, primero en su dolor, en su frustración, desgañitándome para que vieran luz en un pozo oscuro sin visos de salida. Me presentaron a Manuel, un chico sonriente de doce años, con su pañuelo de colores en la cabeza y un gesto amable que encandilaba. Lleno de vida, rebosante de energía, a pesar de los pesares.

Los padres y yo intentamos por todos los medios proteger a Manuel, haciendo más tranquilo el tránsito seguro hacia lo desconocido, envuelto en un amor sin límites que no encerraba ninguna duda. Aprendieron a disfrutar de él, quizás como nunca, entendiendo que le debían su mejor versión y una dosis incalculable de cariño que se llevará al otro mundo. Jugaron, leyeron, se besaron, se quisieron. Pasando los días a su lado, sin más preocupación que sacar sonrisas al chaval de gesto amable.

Hasta ayer, según me contaban, correteaba los pasillos del hospital jugando con los demás niños enfermos, intentándolos animar con sus juegos y sus bromas. Dejó de centrarse en él, en su guerra, para hacer que los demás estuvieran contentos, y amén de que lo consiguió. No creo que haya mejor ejemplo.

Hoy se ha ido, dejando un legado genial. Nos ha enseñado que la vida hay que vivirla, por nosotros, por él, por el homenaje que le debemos a todos los que marchan antes de tiempo. Por encima de las excusas, de los miedos y de las vergüenzas. Existir intensamente, porque otra cosa no es vivir, sino simplemente estar en la vida. Sus padres me han pedido que le escriba, que me leía todos los días, que soñaba con historias de samuráis y con ser un guerrero pacífico como los que recibo cada semana en mi consulta. A él le dedico mis letras de hoy, emocionado, y la promesa de partirme las manos escribiendo para que me siga leyendo allá donde esté, por el regalo perfecto que me ha dejado, esas ganas increíbles de seguir enamorándome de la vida, cada minuto y cada segundo, y de merecer su abrazo cuando nos reencontremos…

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