Formas de llegar a la Meta…

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Hoy me atreveré a contarles mi historia, a riesgo de ser intimista, por si no lo he sido suficientemente durante todo este tiempo. Pueden pensar lo que quieran, que estoy cargándome el código deontológico de mi profesión, que me paso de la raya, que no sé de normas no escritas. Me da igual, si mis palabras ayudan a alguien, conocido o no. Hace tiempo que decidí llegar aún más lejos, y para eso voy a derribar las convenciones que sean necesarias, pueden estar seguros.
Una vez me creí inteligente. Hice un bachillerato perfecto, dedicado a los estudios y a una vida ordenada, deseando que llegara la hora de irme a estudiar fuera y cumplir las expectativas que decía mi nota de selectividad, prácticamente un nueve y medio. Entré en la carrera creyendo que arrasaría, en una ciudad nueva, rodeado de un mundo estimulante, convencido de que el futuro era mío y que el camino marcado iba a ser una senda feliz de éxitos y alegrías. No tardé demasiado en darme cuenta de que algo iba mal. Primer examen de mi época universitaria, asignatura facilona, Atención y Percepción, primer suspenso, para septiembre. Recuerdo que entré en aquel examen de una forma distinta a la que salí, sabiéndome quizás adulto de repente. Ese año saqué mi orgullo y no suspendí nada más, sacando la beca, necesaria para ayudar a mis padres a pagar mi aventura universitaria. Pero las cosas no marchaban bien.

Con el susto en el cuerpo, enfrenté mi segundo año, mediocre en mis calificaciones, aceptando cada vez más que aquello que estudiaba no me entusiasmaba lo suficiente. Y vino la ansiedad, la sensación de estar perdido, de estar en un lugar que no era el mío. Pero fueron pasando los cursos, iba consiguiendo becas, y mis frustraciones las apagaba entre amigos en mis años de Colegio Mayor. Hasta que no pude más. Llegó cuarto de carrera y aquello seguía sin gustarme. Ahí fue cuando lo dejé. Ahí fue cuando el buen chico, premio extraordinario de bachillerato, en el que tantas esperanzas y expectativas había puestas, fracasaba, pero sólo supuestamente.

Me puse a trabajar. Aprendí los fundamentos de las ventas. Entendí lo que era la vida. Elegí otro camino, esta vez sí, el mío, y fui abriéndome paso en la selva de la calle, a golpe de guadaña, porque no había senda marcada. Lo pasé mal, desde luego, pero había preferido seguir un rumbo propio, y eso me hacía estar en paz conmigo mismo. Allí no valía nada todo lo conseguido, tuve que ganarme el respeto a base de esfuerzo y nuevos resultados. Y costó, vaya si costó.
Cuando estuve preparado, volví a la carrera. Con más canas, eso sí. Con más experiencia. Ya no era el más joven, sino de los más viejos. Ya nadie me conocía ni sabía de aquel chaval que entró con aires de grandeza. Volví humilde, luchando cada punto, cada crédito que me quedaba, terminando la carrera en silencio, pero jurando que mi experiencia tenía que valer para dar un sentido a mi existencia.

Abrí hace unos años mi consulta, a pesar de las dificultades y la crisis. Peleo a diario para darle la vuelta a todo. Hacer ver a quienes me leen o me escuchan que la senda no está marcada, que nunca sabes cuál es la mejor manera, pero que, con esfuerzo, encontrarás tu sitio en el mundo. Hoy día entiendo que dejar la carrera fue la mejor decisión que tomé jamás. No me dedicaría hoy a lo que hago si no me hubiera embarcado en esa travesía, y mucho menos, creo, sería tan feliz y sereno. En el mejor de los casos, hubiera terminado en algún trabajo de ocho horas, fichando a la entrada y a la salida, con un sueldo a fin de mes y un mes en verano. En vez de eso, soy un convencido de mi profesión, sintiendo que no es trabajo cuando uno hace lo que le gusta, por muchas horas que le eche al día y quebraderos de cabeza para cuadrar las cuentas.

Es por eso que te digo, cuando sientas que has descarrilado, que te caes y has perdido, aún ahí, sigue luchando, que no hay mejor sensación que llegar a la meta habiendo seguido los atajos que tu intuición quiso que cogieras. Da igual el tiempo que tardes, la marca que consigas o las medallas que los demás te cuelguen. La serenidad es una sensación perfecta que te invade el alma, y no hay mejor premio para quienes un día eligieron un camino distinto, a pesar de los miedos, y volvieron a la vida para llegar a la meta, independientemente de la manera que lo hagas…

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